lunes, 5 de octubre de 2015

APOSTASÍA



En ocasiones, lo que menos apetece es escribir.  Generalmente lo achacamos a la flojera , a la dejadez e incluso a la indisciplina y a la inconstancia del que escribe; no es el caso. En esta ocasión el “silencio” se debe más al desánimo y al hastío.
Llevamos meses, años diría yo, convulsos con acontecimientos que nos golpean de lleno como si de un directo de boxeo se tratase, con situaciones que a mí como persona, como español, como católico me tienen al borde del k.o. técnico. Me mantengo en pie, pero la cantidad de embestidas que recibo hacen que con la mirada perdida esté deseando que alguien tire la toalla por mí desde el rincón del cuadrilátero que es nuestra vida.
Algunos de estos hechos soy capaz de, si no ignorarlos al menos, que me resbalen y egoístamente aislarme de ellos haciéndome creer a mí mismo que no me incumben ni me influyen forma directa, aunque no sea cierto. Sin embargo hay uno que no puedo evitar que me afecte de lleno. Un tema del que ya en ocasiones he hablado, tal vez porque realmente en mí es vital, y he mostrado mi opinión en distintos foros y situaciones no saliendo muy bien parado dependiendo del momento y la persona que tuviese en frente. Este tema es demasiado redundante dirá alguno, pero por lo que para este que escribe le influye, es de vital importancia: El rumbo actual de la Iglesia Católica, principalmente la española.
Nunca he ocultado mi fe, como tampoco lo he hecho con mi ideología. Soy cristiano católico. Sé que a ojos de la Iglesia no un buen católico  pero sobre eso, sobre todas las cosas, me parto el alma por ser sobre todo buena persona. De nada sirven los golpes en el pecho para demostrar creencias si en la sociedad somos solo católicos y nos olvidamos que antes que eso somos personas. Con esta premisa, desgraciadamente he de decir que en demasiadas ocasiones tengo que avergonzarme de ser católico, y sobre todo de ser católico español.
A la hora de escribir me planteo documentarme para hablar de ciertos temas. Cuando escribo desde las entrañas, simplemente dejo fluir las palabras. Para plasmar estas líneas de hoy no es cuestión de documentarse, que también ha sido necesario para fallar este pleito, sino que es cuestión de vivir de cerca una realidad y reconocerla tal como es: “la Iglesia en España se está yendo al garete” principalmente por la ceguera e injerencia de quien la lleva dirigiendo desde hace décadas.
Vivo en un país en el que tradicionalmente, obligada y forzadamente dirían muchos, se ha vivido y trasmitido la fe católica. No les falta razón en muchas cosas cuando hacen esta afirmación, sobre todo porque somos; incluidos ellos, una sociedad que ha tenido el qué dirán como una continua espada de Damocles. Hoy día no tendría que ser así porque, se supone, hemos evolucionado y abierto nuestra mente y nuestra visión y tolerancia hacia todo lo que nos encontramos en nuestro día a día, pero es cierto que seguimos siendo un puñado de “pardillos” que juegan a aparentar no tener prejuicios con el prójimo.
En este hecho de aparentar, o al menos intentarlo, la Iglesia Católica española tiene un gran bagaje, pero igualmente es traicionada por sí misma cuando escuchas a alguno de sus cardenales, obispos y sacerdotes hacer declaraciones, casi sentencias, y cuando ves cómo actúan con ese prójimo al que se jactan de amar. Los mismos que desde sus particulares paraninfos proclaman a los cuatro vientos las palabras del cura Bergoglio en un afán de hacerse merecedores de algo que no muestran en sus obras y en su realidad.
  Una Iglesia que, como ya he dicho otras ocasiones, esconde sus miserias cambiándolas de sitio como si de una inmobiliaria se tratase cambiando los muebles para aparentar nuevos apartamentos sin ser capaces de reconocer errores, fechorías y delitos. Una Iglesia que cree estar por encima de la propia sociedad, maquillando hechos deleznables agarrándose a una presunción de inocencia de la que reniegan cuando de otros se trata. Una Iglesia que se conforma con reconocer, y no siempre, sin llegar a tomar medidas reales que terminen con los problemas por duras y radicales que tengan que ser éstas.
Antes he dicho que no soy buen católico, porque prefiero antes ser buena persona; y ese es el problema de parte de los miembros de esta Iglesia, que anteponen las normas a la persona. La Conferencia Episcopal Española es como la madrastra de Blancanieves con su espejo: continuamente le preguntan <espejito, espejito mágico ¿quiénes son los más buenos del reino?> Y no consiguen que él les dé otra respuesta que un tremendo corte de mangas acompañado de imágenes de homosexuales tildados de enfermos, de niños vejados por “buenos católicos”, madres solteras a las puertas de sus palacios pidiendo ayuda para criar a esos hijos que por sus recomendaciones llegaron a nacer, divorciados llenos de moratones de las palizas recibidas ignorados, sacerdotes repudiados por el simple hecho de ser coherentes por amar a un mujer… o a otro hombre, iglesias con los bancos vacíos y con las capillas llenas de opulencia y oropeles en barrios en los que no se tiene para comer, procesiones de Hermandades donde, ante la gente, se ven los codazos y cortapisas por ser Hermano Mayor y ocupar la cabecera del cortejo… un reflejo que recibe por respuesta de la madrastra el simple gesto de una media vuelta dirigiendo la vista a un crucifijo que llora por lo que ve y por la respuesta de sus supuestos acólitos.
Con este panorama me encuentro a diario. Solo la esperanza y el trabajo de muchos de esos católicos, sacerdotes y laicos, que anteponen la persona al hecho, hacen que siga aguantando el combate. Me encuentro a una altura de la pelea en que necesito sentarme en el taburete del rincón del ring, confuso, aturdido por lo que está ocurriendo con ganas de abandonar. Sí, me lo he planteado muy seriamente: renunciar, apostatar de una Iglesia Española que en vez de guiarme me confunde. Desgraciadamente no se puede. No quiero dejar de ser católico, quiero seguir teniendo al Carpintero, al Loco, al Crucificado como Maestro y espejo en quién reflejarme. Me gustaría poder apostatar de esa parte corrupta de la Institución en que se ha convertido la Iglesia; esa misma cuyo líder, el Papa Begoglio, intenta derribar muros y abrir ventanas donde otros las cerraron y que recibe como respuesta revueltas y traiciones en las más altas esferas vaticanas dirigidas entre otros por cardenales españoles como el fascista de Rouco Varela cuya envidia por no haber logrado el asiento de Pedro mueve las más retorcidas ideas.
¿Sabéis lo que realmente más me duele? No poder dar respuesta a las preguntas de mis hijos cuando, desde su corta edad, ya se cuestionan porqué la Iglesia, algunos de sus sacerdotes y obispos actúan así y hacen las declaraciones que hacen. Eso tal vez es lo que más me duele y lo que más difícil me resulta superar.
Definitivamente está claro: no, no seré un buen católico pero peleo día a día por ser consecuente y buena persona. ¿Pueden decir todos ellos lo mismo?

Juan J. López Cartón.

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