martes, 30 de junio de 2015

SABOR ROMERO...


El día 21 de este mes fue la romería de la Divina Pastora en Villaluenga. Vivimos y sentimos el día en un ambiente de amigos, y de buen ambiente. En las casas cuando se quiere celebrar un acontecimiento especial con la madre, los hijos nos juntamos a su alrededor para acompañarla sin necesidad de mencionar a nadie, porque sabemos que todos los que se juntan en esa reunión tienen algo en común. Disfrutamos del coro rociero Agua Nueva que hicieron de la eucaristía un momento especial porque ya sabemos que quien canta, ora dos veces...

Así fue como después de la celebración nos juntamos para comer al rededor de la carreta de la Divina Pastora y cantamos por Ella y con Ella. Gracias a todos los que nos juntamos sin ninguna pretensión ni intención de aparentar aun convirtiéndonos por momentos en el centro de la romería por ser el rincón de la Mata Ruiz en el que más se respiró un auténtico sentimiento y sabor romero juntándonos en ese círculo gente de todos los signos con un fin común: pasar el día y compartir momentos y vivencias.

Padre Nuestro
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Comunión

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Salve Rociera

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Sevillanas de la Sierra

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Después, mientras comimos y con el cafelito, se hizo el corro y echamos otro rato ...

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lunes, 22 de junio de 2015

REGALOS DE LA VIDA: EL AMOR



            Dice el saber popular que “el amor mueve montañas”. Esta expresión hiperbólica, lejos de la realidad, refleja hasta dónde se puede llegar por amor y lo que por amor se puede llegar a ser capaz.

            El amor; ese etéreo sentimiento capaz de hacerse tan palpable y físico como para crear y para destruir a las personas. Ese “quiero y no puedo” que se convierte en “puedo porque lo quiero”. Esa venda que se nos pone en los ojos cuando vemos estando ciegos. Esa droga que engancha, ese gas que puede asfixiar y del que siempre buscamos abrir la espita.

            Tal vez sea el tema más recurrente a lo largo de la historia del hombre. Ha marcado todo tipo de tendencias y de épocas en los distintos artes. Ha sido musa para obras de literatura y melodías musicales; y dama negra con guillotina en muchas ocasiones. A pesar de estar representado por dioses masculinos en la antigüedad con el tiempo se ha feminizado su imagen.

            Si bien los escépticos manifiestan que lo que no se puede tocar no existe, no así con el amor. Tal vez sea el único de los sentimientos que se une y entrelaza con los sentidos; el más carnal de todos ellos. El más creador y el más destructor no solo de personas, sino de todo lo que podamos imaginar: casas, ciudades, países… y planetas, ¿quién se atrevería a decir que no?

            Madre y padre del pecado capital de la lujuria, y de otros pecados no menos capitales que cualquiera en su cabeza pueda imaginar, porque el amor es también imaginación, fantasía y sueños en brazos de Morfeo o quién sabe si en los de Hades.

            Paloma unas veces, corazón otras, cisnes entrelazando sus cuellos, dedos índice y pulgar arqueándose y uniendo sus yemas… hay cientos de manifestaciones gráficas del amor. Sin embargo yo me quedaré siempre con una; la más sencilla, la más carnal, la más pura y a veces la más traidora: el beso.

            Voluble y versátil el amor; igual se siente por otra persona, sea o no del mismo sexo como por un compañero de fatigas, un amigo de dos, cuatro o hasta cien patas… Incluso se dan casos de un amor hacia uno mismo que pasa del natural amor propio al más propio de los sentimientos ególatras.

            Desde el amor más arcano, por la propia supervivencia, se ha ido llegando al amor más mundano, el del propio bienestar. Sin embargo el original es el que nos ha permitido llegar hasta nuestros días, porque por encima de todo, en su versatilidad, siempre ha primado la conservación. El instinto nos transmite  la suficiente carga hormonal que hace que el amor sea un redundante origen del principio.

            Dicen que cuando uno se enamora se le nota en la cara, y es que la transformación que se alcanza cuando Cupido o Eros lanzan su hechizo, su bebedizo, va más allá de la simple apariencia. La cara no es más que el espejo de lo que nos sucede en cada fibra de nuestro cuerpo, en cada neurona de nuestro cerebro. La transformación real no es lo que ven los demás; la metamorfosis se produce en el interior de la persona, que es donde realmente solo puede llegar a ver quien corresponde a ese amor.

            Conforme escribo puede parecer que a la vez que veo lo loable del amor intento buscar lo malo. Hay una cara oscura que no se debe callar, porque tan real es un amor como otro; tan transformador, tan repleto de sensaciones, tan abrumador, tan maravilloso, tan… letal.

            Cada uno de nosotros optamos en algún momento por alguno de todos estos amores, y aunque no nos demos cuenta enmascaramos, disfrazamos sin ser muchas veces conscientes de ello, un sentimiento que como primario que es busca el bienestar y la supervivencia de uno mismo y de todo lo que nos rodea.

            Sin duda, para mí, los dos amores más grandes conocidos son el amor de una madre y el amor a la vida. Amor a la vida que se encarna en otra persona que hace que esa vida sea plena.

            Un abrazo y apretón de mano izquierda.

            Juan J. López Cartón.

lunes, 15 de junio de 2015

AMISTAD CON BURKA



            Desde hace varias semanas andan las aguas revueltas. Varios episodios ocurridos de un tiempo para acá han hecho que mi tranquilidad, mi serenidad se tambaleasen… y mucho. Lo confieso yo, pero parece ser que ha sido demasiado evidente porque mucha gente lo ha notado… será por esa “mala” costumbre que tengo de ser transparente.

            Diversos “estados” de facebook y artículos de este mi Blog “Ultreya” que ya sabéis que se presenta como --Cajón "desastre" de historias, vivencias, sensaciones y reflexiones de una vida aún en evolución, la mía--, han transmitido mi malestar o mejor dicho: mi mal-sentir. Me consta que lo han transmitido porque, como decía antes, ha habido gente que se ha percatado de ello y, obras de los hombres y no de Dios, ahí es donde he descubierto cosas muy importantes que han hecho que tome la decisión de empezar de cero en varios aspectos; como decía en uno de esos estados de mi facebook en el que mencionaba la frase rehecha de Nietzsche “Lo que no te mata te hace más fuerte”.

            Como digo, he descubierto qué gente es la que me ha preguntado que qué me ocurría y quién no lo ha hecho. Mucha de esta gente hizo simplemente una pregunta: “¿qué te pasa Juan?, parece que últimamente andas revuelto”; otros con más confianza han servido de hombro conocido ya de otros momentos a los que he abierto como siempre mi corazón. Desgraciadamente, o más bien la vida me ha vuelto a demostrar, ha habido hombros que se ofrecieron, incluso que por momentos parecieron paño de lágrimas, que en el momento que realmente ha hecho falta se han retirado convenientemente, incluso con una llamada telefónica pendiente que jamás llegué a recibir.

            He expresado claramente en innumerables ocasiones que para mí la Amistad y el Respeto están por encima de creencias, religiones, opciones sexuales. Que como cristiano convencido, aunque más de uno en su exacerbado y talibán criterio no crean que lo soy, como seguidor y discípulo de Jesús de Nazaret mi obligación es aceptar a todos como son: a la puta como puta, al homosexual como homosexual, a quien aborta como alguien que sufre por una decisión de la que solo ella conoce el fondo: ¿Quién soy yo para juzgar? (fíjate, esta misma frase la dijo un día el Papa Francisco cuando le preguntaron, qué casualidad…).

            Otra observación: ¿Sabéis quién preguntó? Os lo voy a decir porque me da la gana. La mayoría de los que se han interesado por mí han sido gente que ni le va ni le viene mi vida pero se preocupa por los demás, algunos de ellos gente  despreciada por muchos que se consideran “buenos cristianos”. Aquellos que disfrazan su cristianismo con golpes en el pecho y que se lamentan de la desgracia ajena mirándolo desde la barrera. Los que se quedan con el titular y no buscan el origen y el desarrollo de la noticia, los que aquello de “a Dios rogando y con el mazo dando” piensan que el mazo al que se refiere el refrán es para golpear, no para trabajar. Queda muy bien eso de meterse en el barro, pero no es lo mismo hacerlo quitándose las sandalias y metiendose hasta el cuello que poniéndose unas botas de pescador hasta el pecho para no pringarse lo más mínimo. Por supuesto que otros de los que se han interesado, incluso preocupado, son cristianos de los de arremangarse cuando hace falta echar mano a las redes y que curiosamente también son de los que han sido “apartados” del rebaño por ser ovejas negras, y nadie ha pensado la necesidad de que en todos los rebaños haya ovejas negras, porque a la hora de la verdad la leche es igual de blanca y se mezcla sin que el cántaro que la contiene se eche a perder, no así los lobos disfrazados de ovejas blancas que ni dan leche ni dan nada de nada; si acaso “mala leche”, y de esa mucha.

            A nuestras espaldas todos llevamos una mochila. Cada uno carga con aquella que se adecúa más a su tamaño, pero nos encontramos con dos posibilidades: los que van a los extremos y los que cuidadosamente llevan lo necesario compensando los pesos a la hora de ir colocando lo que en ella meten.

            Los extremistas son aquellos que por miedo a no poder avanzar, o no atreverse a soportar el peso, llevan su mochila vacía. Se pasan la vida pidiendo y dependiendo de los demás cada vez que necesitan algo por miedo a que si gastan lo poco que llevan en la suya se quedarán desamparados y que una vez que quien se cruza en el camino le cede algo de lo suyo, siguen andando livianamente como si no hubiese pasado nada, como si quien le dio de lo suyo fuese un mero trámite. En este grupo también podemos encontrar los que llenan la mochila de aire; aparentemente avanzan repletos de recursos, pero a la hora de la verdad se tienen que limitar a vivir de los demás. Otros extremistas son los que van echando de todo a su mochila. Les da igual si les servirá o no, la cuestión es que como no se fían de nadie para pedir ayuda quieren ser autosuficientes del todo y en ese acopio descuidado no se percatan que las costuras de su propia mochila se van abriendo y resquebrajándose, perdiendo todo lo que creyeron necesario de golpe y sin remedio de poder volver a usar esa mochila.

            Hay gente que por haber andado mucho, por todo tipo de pistas: carreteras, senderos, caminos, pedregales, vergeles… han aprendido cómo y cuanto deben llenar su petate. Cuidadosamente colocan las cargas pesadas pegadas a la espalda y repartidas por igual para no cargar más de un lado que de otro. Lo que es de poco uso lo colocan al fondo y reparten el resto de cosas para que, a pesar del peso, el cuerpo sufra lo justo. No llevan cosas colgando de ella que puedan aparentar lo fabulosos que son como excursionistas. Cuando algo queda en desuso o no es necesario ya, se deshacen de ello o lo ceden a otro caminante que lo vaya a necesitar.

            Alguno puede pensar que me he “despachado a gusto” y mira, no voy a negar esa evidencia; como siempre: he dicho lo que pensaba, he descargado parte de lo que llevaba en mi mochila que pensaba que me estaba sirviendo y que lo que realmente estaba haciendo era coartarme en mi camino, no por coacción, sino por mi propia prudencia; algo que desde la cuna me mostraron. Dicen que cada uno tiene lo que se merece y los cristianos que siguen queriendo ver los toros desde la barrera, los que aplauden las palabras de otros mientras ellos siguen con sus prejuicios y su burka puesto creyendo que por ver el mundo desde la reja que les brinda esa armadura invisible, cuando estos desde fuera  les dicen las cosas es porque su vida es mundana y mal encaminada, cuando en su propio examen de conciencia, si realmente buscan en el fondo, el propio miedo es el que les hace creerse que son mejores que los demás, queriendo hacer como los antiguos misioneros: “evangelizar echando jarros de agua” y no metiéndose en la piel del que necesita ser renacido para desde su posición y trabajo hacer un mundo más justo lejos de lo que rezan papeles que de tanto manear están pasados y oscuros con la propia suciedad que llevan las manos.

            Un abrazo y apretón de mano izquierda.


            Juan J. López Cartón.

lunes, 8 de junio de 2015

LA BERREA DEL CAMPO GRANDE


            Hace tiempo, no mucho para unos aunque demasiado para otros, la vida era más sencilla. Nacer no era sinónimo de complicación sino de felicidad. Vivir no era una competición sino aquello de lo podíamos disfrutar.

            Hace tiempo, cuando la vida se vivía al minuto sin tener que pensar en todos los riesgos del mundo poniendo la tirita antes que la herida, cuando en los coches cabían los que entrasen y el cinturón de seguridad se enganchaba cuando “salías a carretera”. Cuando primaba la calidad de vida en vez de la cantidad y solo los privilegiados y los emigrantes en busca de trabajo conocían el extranjero.

            Las grandes ciudades eran grandes pueblos donde la gente se conocía y se saludaba por la calle, porque se paseaba con la mirada hacia delante sin necesidad de mirar al suelo para esconderse de nadie. Cuando no había reparo ni prisas por llegar a los sitios porque siempre se salía de casa con tiempo suficiente para ser puntual aunque te parases con cualquiera a charlar.

            Las aceras de las calles en los barrios eran un mural de circuitos pintados con tiza para las carreras de chapas y si había un pequeño agujero no era un bache, sino un boquete perfecto para jugar al “gua” con las canicas. La teja rodaba para jugar a la rayuela o incluso cuando los coches no pasaban, se jugaba al burro o al “churro, media manga o manga entera” haciéndose dueños de la calle. Los niños repartían su vida entre el colegio, la casa y la calle, sin peligro ni miedo a nadie más que al hombre del saco. Las calles “muertas” eran el campo de futbol perfecto donde las puertas metálicas de las cocheras se convertían en porterías y el partido terminaba cuando desde alguna ventana algún vecino protestaba y reñía sin miedo a ser encarado o amenazado por ningún niño que no le dejaba dormir la siesta por los balonazos en las traseras.

            Cuando el padre mandaba al hijo a por tabaco al estanco o al bar, o a por vino a la bodeguilla sin tenerse que plantear que le estabas incitando a nada. Cuando la zapatilla servía además de para andar por casa para dar un zapatillazo merecido, sin miedo a que nadie te denunciase por malos tratos o viniesen los Servicios Sociales a quitarte a tu díscolo hijo.

            Cuando si querías leer el periódico solo tenías que bajar al bar a tomarte un vino con los vecinos del barrio. Cuando el periódico servía además de contar noticias para envolver el pan, el pescado o cualquier cosa porque nadie se moría por una supuesta ingestión de tinta.
            Cuando los niños comenzaban el colegio sin “periodos de adaptación” y ninguno sufría ningún trauma por ello en su edad adulta. Las ratios no existían y en las aulas se trataba de usted al maestro. Ellos trataban de enseñar y de ser maestros; no amigos. Si un niño tenía algo con otro lo solucionaban en el “descampao” del barrio y después todos juntos jugaban un partido de fútbol donde los postes eran dos piedras y el larguero lo marcaba la altura a la que pudiese llegar el que hacía de portero.
            Durante el curso nadie pensaba cuando era la próxima excursión, porque sabías que como mucho habría una al final después de la “quinta evaluación”, y no hacía falta que fuese a ningún parque temático; era suficiente ir a cualquier sitio porque lo que querías era pasar el día con tus compañeros y armar el follón en el autobús cantándole al conductor de primera que nunca se reía.

            Cuando castigar a un hijo era muy sencillo, bastaba con que no bajase a la calle o quedarse sin ver la tele. Los padres no tenían que pensar de todas las cosas que tenía el niño cual era lo que más le dolería que le quitasen.

            Cuando se recibían regalos sólo cuando venían lo Reyes, y con suerte por el cumpleaños. Para soplar las velas no se necesitaba ir al burguer ni invitar a toda la clase, lo celebrabas con tu familia y como mucho algún vecino, porque los vecinos eran uno más de la casa. Ese día, para que todos supiesen que cumplías años lo único que tenías que hacer era llevar caramelos a clase y un puro al maestro, y nadie pensaba que estabas haciéndole la pelota por ello.

            Las vacaciones eran de andar por casa: de casa de la ciudad a casa del pueblo y eran maravillosas porque aunque hacías lo mismo que en la urbe, allí todo se multiplicaba por mil y te reencontrabas con todos los primos y lo mismo daba dónde comieses o dónde cenases porque a tu casa solo llegabas de la plaza del pueblo para irte a dormir.


            Los domingos, después de ir a misa, se tomaba el vermut y los niños tomaban un mosto. Por la tarde se salía de paseo y allí en mi querida Valladolid al Campo Grande donde, por un tiempo, se llegó a escuchar la berrea y aún hoy día, en lo remoto del tiempo, mucha gente sigue escuchándola…

lunes, 1 de junio de 2015

METONIMIAS DE LA VIDA ("Por el interés te quiero Andrés")



            “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…” que cantaba Rubén Blades a Pedro Navaja.

Cumplir años te permite, entre otras muchas cosas, no sorprenderte en absoluto cuando algunas cosas suceden. Cuando un niño o un joven disfrutan de una situación, actividad o una compañía y sin comprender los motivos se da cuenta que las “normas” de todo ello han cambiado sin venir a cuento, generalmente reacciona revelándose y preguntándose qué es lo que cambió o qué es lo que hizo él para que algo que le hacía sentirse feliz se tornase en desazón. Los años en una persona son como la vista: durante toda tu vida tienes los mismos ojos, pero estos al igual que la visión de las cosas van evolucionando aunque eso sí, a la inversa.

Cuando eres joven tus expectativas hacia lo que emprendes es de confianza ciega en que si te llega o lo alcanzas algo es buena señal y hay que aprovechar la ocasión sin valorar los posibles reveses que pueden tornar todo ello en desolación y en fracaso; la visión de esas expectativas está nublada por unas “cataratas” que hacen que solo veas lo positivo, cosa buena por otra parte, pero sin sopesar los posibles riesgos cuando las cosas van evolucionando. Cuando vas madurando, al igual que cuando vas creciendo, tu vista evoluciona como he dicho antes a la inversa: ves las cosas más claras; aceptas los retos, arriesgas con ellos pero también eres consciente que las cosas no son así de fáciles ni sencillas, con lo que te previenes de las consecuencias que pueda tener un fracaso. Esto hace que, sin que dejen de sorprenderte los sucesos, tengas una visión periférica más amplia que cuando eres joven y te las prometes todas, por lo que afrontas los hechos como algo que “se veía venir” porque además eres capaz de analizar todo el contexto que llevó al inicio de esa acción y los motivos que han hecho que evolucione hasta el punto en el que tú mismo decides que sea el punto y final.

Se suele decir que cuanto más alto llegues más dura será la caída y al igual que con la visión que tenemos de las cosas este dicho también depende de la edad, porque la vida es como una tremenda pared que hay que escalar en la que nuestros padres se encargan de colocarnos el arnés y regalarnos nuestra primera cuerda para comenzar ese ascenso. Cada escalador decide quién es la persona que desde abajo le va a asegurar teniendo plena confianza en él porque su vida pende de eso. Conforme vas ascendiendo vas colocando tus “cintas express” en las “chapas” para crear puntos de anclaje intermedio. Sigues ascendiendo con la fe ciega en la persona que desde abajo sigue dándote cuerda para avanzar y sin sopesar que a quien tienes con los pies en el suelo es una persona, y que también nosotros tenemos fallos, con lo que no cuentas con la posibilidad de que al fallarte un agarre puedas caer hasta la última chapa que enganchaste. Confías en tu fuerza y en tu pericia a la hora de encontrar una mínima grieta en la que introducir tus dedos. Llegas a creer que eres tú quien tiene la opción de triunfar o caer y por momentos se te olvida la comunicación que debes tener con el auténtico seguro de tu vida, la persona que con sus manos y su “grigri” puede frenar tu caída por exceso de confianza. Cuando eres veterano corres los mismos riesgos, pero sabes de la importancia de estar en continua comunicación con quien te asegura, conoces que hay agarres más peligrosos que otros, y ves la escalada siempre con los posibles riesgos que conlleva un fallo que sabes que puede llegar aunque no lo busques y si llega, sabes de qué manera puedes reaccionar para minimizar los daños.

Desgraciadamente cuando avanzas en la vida te das cuenta que todo el mundo tiene una “vocación” frustrada: ser banquero. Sí, así de claro: desde que nacemos lo hacemos todo por interés y en eso nadie me lo puede discutir, porque es algo tan cierto como natural en el ser humano. Un niño necesita ser interesado para vivir, se acostumbra a depender de ese interés durante toda su infancia porque eso le da seguridad mientras vive en la burbuja que supone el hogar familiar. Se van cumpliendo años y nos acomodamos tanto a hacer las cosas por interés porque descubrimos que es una manera ya no de vivir, sino de sobrevivir. Una simple sonrisa puede producir un interés de otra sonrisa, de un favor, de un amor correspondido…

Ese interés inocente se transforma con los años en un redundante interés interesado. La sonrisa, el alago que sale de nuestros labios en demasiadas ocasiones busca un fin que no tendría que ser necesario. Podríamos vivir sin problemas sin ese favor ajeno, pero ese favor, esos réditos que nos cobran buscan también un fin, porque muchas veces las condiciones favorables que justifican el interés, al igual que los bancos, cambia sin venir a cuento en el propio beneficio de quien te está “prestando la sonrisa”. El banquero juega continuamente con esos intereses, pero se olvida que quien realmente tiene la potestad para romper la relación mercantil es quien paga, no quien cobra. El resultado generalmente es cambiar de banco a otro que respete todas las cláusulas que constaban en el contrato inicial. La ruptura suele ser más traumática para quien más pierde, ese que se acostumbra a recibir a cambio de unas migajas de interés interesado; una ruptura generalmente silenciosa, sin bombo ni platillo ni falsos boatos que llevaron a la firma del contrato.

Recibid un fraternal saludo y un apretón de mano izquierda.


Juan J. López Cartón.