lunes, 27 de julio de 2015

JESÚS RODRÍGUEZ ARIAS: GRACIAS.


            “Cuando alguien cierra una puerta dejando tras ella a personas, es necesario saber qué palabra será la última en pronunciarse porque ésta también resumirá la etapa de su historia que cierra con ella”.

            En la vida, como cuando se anda por el campo, es conveniente cerrar las cancelas que estaban cerradas antes de nuestro paso y hacer lo propio con las que encontramos abiertas para que el dueño del campo no tenga que reprocharnos que su ganado se escapó o quedó encerrado innecesariamente.

            Yo hoy voy a cerrar una puerta y con ella a una serie de situaciones casi infantiles y de patio de colegio que no digo que me hayan quitado el sueño, pero sí que resultaron molestas. Si bien a las cosas se les pone nombre para cuando uno se quiere referir a ellas, yo haré lo propio con esta puerta cuyo nombre es Jesús Rodríguez Arias y la palabra que pronuncio previo a este cierre es Gracias.

             Principalmente daré las gracias porque por momentos hicieron que me replantease mi fe y mi manera de entender el camino que de la mano de mis padres comencé hace cuarenta y cuatro años y que la vida y las continuas vivencias que de ella he tenido han forjado una visión propia de la cual me siento orgulloso. Y daré las gracias porque he aprendido una cosa muy importante: gracias porque he aprendido a cómo no quiero ni debo ser.

            Siempre he dado gracias por toda la gente que me he encontrado en el camino que define mi vida. Siempre he dicho que hasta del más vil compañero de camino se debe dar esas gracias porque de ese, ese desecho de la sociedad, también se puede aprender algo y, sin ser tu caso, Jesús, de ti he aprendido muchas cosas que confirman que mi camino, sino el verdadero, es en el que Dios me ha colocado y el que debo andar; sin dudar que el tuyo tampoco siendo el verdadero sea por el que debes avanzar, eso sí, poniendo lindes por medio del mío.

            A ti a lo mejor te da igual porque no le das la importancia que dijiste sentir en la respuesta a mi mail de despedida de Sed Valientes, pero te contaré el momento que llevó a esa despedida y a este mismo en que estoy escribiendo, sin tener en cuenta otros “pequeños” detalles de nuestra relación: El día de la Romería de la Divina Pastora, esa que tan piadosamente promulgaste a los cuatro vientos, esa cuya vivencia te hizo elevarte en un amago de levitación; ese día mi hijo Fernando me sorprendió con la pregunta “qué les pasa a Jesús y Hetepheres que les he saludado y no me han respondido”. Y si bien me he sentido menospreciado en distintas situaciones por ti y sobre todo por tu mujer, el hacer eso con mi hijo, no solo por ser mi hijo, sino por ser un niño… no no, Jesús, por ahí no, en ese momento hiciste que la llave entrase en la puerta que hoy cierro y cuyo fin será lo más profundo del abismo.

            En cuántas ocasiones salió de tu boca la frase “tenemos más cosas que nos unen a las que nos separan”. Hoy te digo: confundiste el orden Jesús porque me he dado cuenta que es a la inversa: Nos separan muchas cosas de las que tú dices que nos unen empezando por al que los dos llamamos Padre y continuando por quien debe ser Maestro, pero de los que tenemos imágenes totalmente opuestas, por mucho que tú no lo creas.

            Jesús, la humildad es algo que se lleva a cabo, no con la que se teoriza como tú haces. Cada vez que has mencionado una de tus “meritorias” pertenencias dentro de las innumerables Hermandades  y organizaciones de las que eres miembro, lo has hecho jactándote de ello y mostrando detrás del orgullo de pertenecer a ellas un menosprecio hacia los que no lo sienten así. De qué te sirve pertenecer a todo ello si te limitas a pagar una cuota y a que tu nombre aparezca en un listado mientras no existe ningún compromiso real con ellas más lejos de proclamarte miembro y asistir a imposiciones de medallas. Las medallas son símbolo de esfuerzo y trabajo, no de teoría y demagogia.

            Jesús, cuando te duele algo, cuando tus males de salud te enfrentan ¿qué haces?: quejarte, y bastante por cierto, aunque no dudo de tus motivos. Porque esa es la manera que tiene el ser humano de manifestar cuando algo que siente como suyo le duele. Te doy las gracias porque me has hecho ver que no quiero ser como tú. Porque tú eres como tu querida Conferencia Episcopal Española: la mierda hay que esconderla para que la gente no la vea, aunque por mucho que se entierre  o se esconda el olor purulento llega a la atmósfera que todos respiramos. Dudo que conozcas a la mitad de la “alta alcurnia” de la curia de la que dices. Comer con el obispo de turno es fácil, porque no sólo tú lo haces habitualmente, sino cualquiera (con ciertos condicionantes previos, por supuesto) puede hacerlo; hasta yo he compartido mesa y mantel con tres de ellos en distintos lugares y momentos de mi camino. Eso no es sinónimo de nada más que las circunstancias son las que son, pero si lo llevas como estandarte, sin la humildad de la que tanto haces gala, despegándote del mundo real en el que te niegas a vivir y creándote tu mundo particular del que me importa un bledo que pertenezcas, porque me has demostrado que aun escupiéndote uno de ellos a la cara no protestarías no por seguir la premisa de poner la otra mejilla, sino porque revelarte contra ello significaría que serías un paria de la tierra a sus ojos, como lo somos los demás y eso tú no eres capaz de asumirlo. Por eso, porque me duele lo que está haciendo la Iglesia, sobre todo la española, pienso seguir sin callarme y levantando mi voz cada vez que se destape un caso de injusticia social provocado por ella, al igual que he defendido a ultranza lo que ha sido necesario. Un iglesia que denuncia y critica a un violador, pero niega y no permite que se aplique la ley cuando de uno de sus sacerdotes se trata, como están haciendo los obispos y la Conferencia Episcopal Española, que defiende la vida a ultranza pero niega la realidad, que defiende la igualdad y el respeto y ataca encarnizada y continuamente al que según sus “parámetros” no es digno de ese respeto, tildándolos de enfermos y dementes no es la misma Iglesia que fundó Jesús de Nazaret, que trató por igual a la prostituta, al cambista y a todo el que le rodeó. Eso es lo que hizo que su “cruzada” triunfase: Jesús se acercó a todos ellos y les acogió; no esperó a que cambiasen ni les echó en cara su forma de ser. Eso hizo que todos ellos se acercasen a sus enseñanzas, no como la Iglesia que tan perfecta es para ti en tus mundos, que está haciendo que en vez de acercarse aborrezcan cada día más a una “secta” que dice sigue a alguien al que muchos de ellos admiran por lo que fue, no por lo que son sus “herederos” y quienes dicen seguir sus pasos.

            Esa Iglesia no es la mía. La mía es tener amigos homosexuales sin pretender que dejen de serlo, la mía es la de acompañar al que siente esa necesidad y escucharle, no acompañarle para que yo les cuente todos mis maravillosos méritos y cuentos de Hamellin, es escuchar a la que aborta, porque detrás de esa dura y dolorosa decisión existe una historia de la que ni tú ni tu Iglesia tienen ni puta idea y pone el mínimo medio para paliar esos efectos, salvo condenar y satanizar a cualquiera que a sus ojos, no a los de Dios, es sencillamente alguien débil que necesita quién le refuerce y apoye.

            Jesús, la Iglesia en la que yo creo, porque por suerte existe, es la que no lleva ni sotana ni alzacuellos, porque eso les impide trabajar para los demás. Cuando digo trabajar para los demás me refiero en cualquier lado porque Jesús, tu Bendito y Amado Sagrario no tiene la patente de Jesús Sacramentado, porque él se encuentra más en cualquiera de los que tú aborreces por ser diferentes y a los que no te acercas por miedos estúpidos que entre cuatro tablas bañadas en pan de oro. Ese Jesús del que yo me enamoré es el que se reveló contra sus contemporáneos y alzó la voz contra un Judaísmo corrupto de cambistas y mercados, de fariseos y Sumos Sacerdotes que se limitaban a aprender la Torah marginando a los leprosos, prostitutas y demás… ¿Te suena de algo, Jesusito?

            Podría seguir dándote las gracias por muchas más cosas, pero pueden más las ganas de cerrar esta bendita puerta que el continuar contándote los agradecimientos hacia tus bondades; aunque permíteme darte un consejo por el bien de tu delicada salud, no es necesario que des más rodeos para no cruzarte con nosotros para no tener que saludar, porque donde tú ves hipocresía yo veo educación, aunque en ciertos casos “no hay mejor desprecio que no hacer aprecio”, con lo cual te puedes ahorrar los buenos días si quieres que no por ello me sentiré ofendido.


            Por último y ya para despedirme te cuento que estoy en Paz, con lo cual seguiré asistiendo a la Eucaristía los domingos y comulgando en Paz, porque eso forma parte de seguir a Jesús de Nazaret, sin coronas ni adornos tan querido por ti, y tampoco tengo nada que reprocharte ni pedirte perdón, ya ves, si acaso como he hecho, darte las gracias. Ahora puedes hablar lo que quieras de mí libremente con quien quieras al igual que lo haces de demasiada gente a la que le brindas una maravillosa sonrisa y unas emperifolladas palabras en tu blog que con tanto cariño escribes recordando de continuo ese maravilloso enclave de nuestra querida Sierra de Grazalema, pero una recomendación, ten cuidado cómo lo haces porque de gracioso a bufón solo hay un paso.

            Sin desearte ningún mal en la vida, reiterarte las gracias.

            Juan J. López Cartón.

lunes, 20 de julio de 2015

YO CONFIESO: SOY UN ROPASUELTA


            <<¿Quién es más ciego, el que vive en la oscuridad o el que viendo lo que le rodea niega que sea la realidad?>>

            El hombre, desde que es tal o al menos dice serlo, clasifica todo lo que le pasa por delante de la mirada. Clasifica los animales por fisionomía, especies, hábitats… Clasifica los vegetales por origen, forma y yo que sé cuántas posibilidades… y así con todo lo que se nos ha cruzado a lo largo de la historia. Con su propia especie, la humana, no iba a ser menos.

            Históricamente las diferencias las marcaban el color de la piel, la religión, el estatus y poco más pero, como lo que nos gusta es complicarnos la vida, hemos ido buscando e inventándonos otros escalafones con tal de dar la nota y por lo visto y  observado en los últimos tiempos, una de esas clasificaciones se fundamenta en meter las narices en el fondo de armario que nos gastamos.

            Jamás he sido de meterme en ningún armario ajeno, ni tampoco de salir, pero dudo de la pulcritud y la homogeneidad de ninguno de ellos. Como ya advierto que no soy de investigar ni diseños, tallas o marcas ajenas que no me incumben, voy a limitarme al único armario que conozco bien y al único que la vida y la sensatez me dan permiso a asomarme: mi armario.

            Me gusta el orden y al correr las puertas, porque las mías no tienen bisagras, veo ese orden y acomodo en mis prendas. Encuentro media docena de trajes, colocados en sus perchas correspondientes, con otra diferente de la que cuelgan un montón de corbatas. Si me quedase ahí y no siguiese mirando sería el hombre más necio que ha parido madre, porque tendría que pensar en que me paso la vida enfundado en un traje y ajustado en una corbata, pero como ni soy necio ni gilipollas, sigo observando y me encuentro con todo tipo de prendas en los distintos cajones y resto de perchas.

            Sinceramente, la ropa que más utilizo y con la que me siento más cómodo es la que habita en el resto de cajones y perchas. Ropa con colores, estampados, cuadros; pantalones con distinta altura de perneras, camisetas con mangas y sin ellas…

            Para alguien como yo que trabaja de cara al público y debe guardar cierto recato y ortodoxia a la hora de vestir, no supone ningún problema saber ser y saber estar en frente de quien en cierta manera te viene a “pedir”. En mi labor diaria se puede cometer un gran error: creérselo. Creerse creador y destructor a la vez de la vida en forma de prestación o subsidio, para lo que se necesita cierta apariencia de todopoderoso. Resulta que por mucha chaqueta, corbata o “maqueo”, seguiría siendo el mismo capullo que quitó la paga o el mismo santo que la dio; al igual que atendiendo con un vaquero, una camiseta y sobre todo una sonrisa porque la vida, que no la gente lo creamos o no, no distingue de apariencias a la hora de dar o quitar lo que corresponde a cada uno.

            Cierto es también que, si bien “el hábito no hace al monje”, es necesario saber estar de la manera correcta e incluso a veces aparentar lo que no se es. Eso no llevaría a ningún desacuerdo con nadie siempre que lo que cuenta; la persona que hay debajo de los paños y costuras, siga siendo la misma que cuando se encuentra como Dios le trajo al mundo.

            La cuestión es que como decía unos párrafos más arriba, con la ropa que me siento cómodo es la considerada más inadecuada para mucha gente, y ¿sabéis lo que os digo?: Me la pela. Sí, así como suena, me importa un bledo lo que la gente pueda pensar de un cuarentón con ropa de indignado, incluso de macarra de discoteca.

            Por lo visto, ahora que está tan de moda inventarse vocablos, se ha acuñado un nuevo término para lo que se ha dado en llamar indignados, perroflautas, chuteros y mil palabras más, pero me voy a quedar con una: ROPASUELTA. Me resulta simpática la palabra. El trasfondo que le han querido dar hace que me guste, incluso es más, yo; le joda a quien le joda, le escueza a quien le escueza, gente de ver siempre los toros desde la barrera para criticar al torero sin tener ni puta idea de toros, lo confieso. SOY UN JODIDO ROPASUELTA.

            Antes de entrar en la definición del término y a mostraros porqué yo soy un ropasuelta me gustaría puntualizar que curiosamente quienes han ideado estas perlas para el diccionario casualmente es gente, y lo digo sin reparo, de derechas. Muchos de ellos ultracatólicos-apostólicos-romanos (ya entraremos en ese término en otra ocasión), que se pasan la vida sin aceptarse a sí mismo y queriendo aparentar que se lo creen. Gente que por ideología no tienen el valor de criticar lo que está haciendo mal por el simple hecho de no mancillar a los que pertenecen a sus siglas y siglos (decimonónicos vestidos de modernidad). Gente que esconde sus miserias debajo de una apariencia porque sí que piensan que el hábito hace al monje. Gente que critica solo a los demás porque lo suyo, aun sin ser perfecto, no se puede permitir mostrar la roña y la pus que esconden bajo un maravilloso aspecto exterior.

            ROPASUELTA: “Grupo o colectivo que no tienen decoro en el vestir, con mal gusto al combinar colores y estilos en cuyos armarios toda su ropa tiene apariencia de trapos con poco gusto”.  Dejando de lado el espacio que ocupan los trajes que mancillan mi imagen, y tal vez por mi daltonismo congénito, lo reconozco: mucha de mi ropa es de mercadillo, de temporadas pasadas incluso tengo la poca vergüenza de poseer ropa heredada de otras personas que ya no la utilizan; todo un desagravio en el arte y los cánones del buen vestir.

            “Dícese de ropasuelta el que no acata ningún poder ni ninguna norma”. Cierto, yo no acato ningún poder ni norma de alguien que se sienta superior y que aplique su estatus humillando, engañando ni traicionando a nadie. En este punto de la definición discrepo (el ser de izquierdas es lo que tiene, que me puedo permitir discrepar), ya que sí acato a quien va de frente, a quien me quiere por como soy, no por como aparento ser, a quien no utiliza mi imagen y mis ideas para aparentar en su propio beneficio que se rodea de todo tipo de gente.

            “Los ropasuelta son ateos y laicistas”. Por supuesto que somos ateos de un dios que nos quieren fabricar a la medida de quien interesa. Algunos ropasuelta creemos en Dios: un Padre que no juzga; un Padre que ama. No creemos en una religión que habla de amor al prójimo excluyendo y machacando al mismo porque sus vidas no están en su misma sintonía. Somos ateos de un dios y de una iglesia de barro que cierra los ojos ante los delitos de sus propios miembros. Que cuando alguien ataca o viola toma medidas como cambiarle de “sitio” para que pueda seguir con sus tropelías, cuando el único sitio en el que deberían estar es en la cárcel, junto con el resto de delincuentes. Somos ateos de un dios y una iglesia que vive en la opulencia, que hablan de la pobreza con gafas de sol para no deslumbrarse con el oro y los oropeles que habitan en sus templos. Somos laicistas porque el hombre es libre de ser y creer en lo que quiera sin que nadie le imponga creencias religiosas en ámbitos ajenos a la religión. Muchos ropasuelta somos seguidores de un Loco que se atrevió a criticar y a sacar los colores a su propia religión judía, por la que fue condenado y murió. Somos seguidores de un Maestro que se acercaba y amaba, que trataba por igual a los homosexuales, putas, pecadores e incluso se permitió tener entre sus amigos más cercanos a un traidor.


            En resumen: SOY UN ROPASUELTA porque soy libre, porque amo sin prejuicios, porque no voy encorsetado y no necesito ir con un palo metido en el culo para aparentar lo que no soy. Soy un ropasuelta porque si algo es bueno y puede mejorar al mundo, lo reconozco aunque la idea nazca del que piensa distinto a mí. Soy un ropasuelta porque el dios que me quieren imponer no es el mismo Dios que me ama porque es mi Padre. Soy un ropasuelta porque me fijo y sigo a un hombre que fue Ropasuelta en el momento en que le tocó vivir. Soy ropasuelta porque cuando me acerco a alguien no lo hago por interés; porque cuando invito y abro mi casa a alguien lo hago de corazón y con todas las de la ley ofreciendo lo poco que hay, no para que se me vea bien acompañado, sin dejar que nadie entre en mi atalaya que digo compartir y egoístamente protejo. Soy ropasuelta porque aun cuando abro mi casa a alguien y veo que me equivoqué no les echo el muerto a otros para que mi castillo se vea impoluto. Soy ropasuelta porque me educaron en la humildad de no pretender aparentar perteneciendo a mil siglas y colores, sino ser fiel a una sola, porque “el que mucho abarca poco aprieta”. Sí, por todo esto y mucho más y que no tengo necesidad de explicar… SOY UN ROPASUELTA.

               Un saludo y apretón de mano izquierda.

               Juan J. López Cartón